Tengo TOC, y me alegro

Trastorno obsesivo compulsivo con los numeros. Tengo transtorno obsesivo compulsivo contando numeros.

Desde hace unos años sufro TOC (trastorno obsesivo compulsivo) y eso hace que mi relación con los números dos y tres sea demasiado familiar. Tengo debilidad por el «dos» y huyo de todo lo que contenga el «tres». Al principio creía que se trataba de alguna secuela que arrastro desde la infancia, pero no es así, y he llegado al punto de tener que hacer una lista mental para no tener que volver a repetir situaciones que incluyan el número que detesto. Pánico diría yo. ¿Cómo explicarle a mis futuros hijos que su padre decidió beber más de la cuenta para dar una cifra superior en un control de alcoholemia?

— Sople fuerte y de forma continua.

—Pfffffffffffff.

—¿Usted se conoce los límites que regulan la tasa en alcohol?

—¿Cuánto he dado señor agente?

— Pues 0,34.

—Nada nada, aparco el coche aquí mismo y ya voy andando al bar más cercano.

—Un café no te vendrá mal. Primero la multa.

—Que demonios un café! Mientras yo no vea el número 3 en el alcoholímetro…

De aquella situación embarazosa salí ileso y me metí en otra pero más familiar, así que diré que nunca fue buena idea cambiarle el canal a mi sobrino solo porque en un capítulo de los Simpson, salía un pez radioactivo de tres ojos. Menos mal que aquel mediodía no llevaba las dos lentillas para no ver tres en un burro. Con dos cojones pude solventar la situación, permitiéndome decir que al mando de la televisión se la habían agotado las dos pilas.

Una vez iba con los compañeros de clase a tomar una copa por la periferia de la ciudad con la premisa de ver una de las mejores orquestas del panorama, pero lamentablemente desaparecí al son de «me estoy meando y mi váter es como de la familia» porque en el escenario solo habían tres personas actuando. Juro que en mi boda actuará un dúo. Con decir que yo no celebré el tercer año de mi existencia. Me imagino las tres velas en la tarta de cumpleaños y seguramente me hubiese tirado por el balcón abajo, aunque con la mala suerte que tengo con tal cifra, lo mismo no me hago rasguño alguno (hogar en la primera planta) y me toca tirarme alguna que otra vez más.

En otra ocasión, cuando tenía 12 años, me reencarné en el protagonista de «El Resplandor» y rompí a trocitos un examen delante del profesor. Lógico si adivinamos que la nota obtenida fue un 3,99, y entiendo que desde entonces procuro echar dos polvos por noche. Para mí y la otra persona ha sido reconfortante que yo tomara esta decisión. Algún día os contaré el filtro de frases hechas que nunca pongo en la punta de la lengua, no sea que me provoque un arrebato y acabe diciéndolas, a no ser que salga de fiesta ese día y termine tan doblado que ni aún viendo doble me apunte el remordimiento.

Siempre intento que me salga todo a la primera, por que si tiene que ser » a la tercera va la vencida» me pego un tiro. Omito frases como «buscar las tres patas a un banco» y chistes tipo «van dos y se cae el del medio».

— Son tres idiota, aunque solo hayas pronunciado el número dos. —dice mi cerebro.

—Calla. Son dos, el chiste viene porque no hay un tercero.

—¿Ahora vas a buscarle tres patas al gato? —me recrimina nuevamente el intelecto.

—Gilipollas!

—Gilipollas tú, que de pequeño te regalaron un triciclo y el herrero de abajo de casa te tuvo que poner una rueda adicional. —vuelve a contestarme a mi mismo.

Y es cierto. Recuerdo a mi padre tenerle que explicar al hombre la situación tan compleja que vivíamos en casa conmigo. ¿Y lo contento que salió mi padre cuando no le quiso cobrar nada? Me acuerdo perfectamente.

—Son tres mil pesetas. —dice el herrero.

—Papá ha dicho el número tres. —digo con hervor.

—Perdona chaval. Serían dos mil. —responde el profesional.

—Tome, un billete de cinco mil. —dice mi padre.

Dos segundos más tarde…

—Aquí tienes, tres mil pesetas. — dice el herrero.

—¿No he dicho que el crío no puede ver el número tres? —responde enfadado mi padre.

—¿Qué quieres que le haga, me invento yo las ecuaciones? —replica él.

—Quédate las vueltas.

—No no venga, la rueda la regalo yo. Total, en la fachada pone «se arreglan triciclos» pero ahora tu hijo lleva un quad a pedales.

Una noche vieja, y aclarando que no fueron celebradas las del 1993, 2003, 2013 y que no celebraré la del 2023, me entró el antojo de fumarme un cigarro en la puerta de una discoteca. La mujer a la que intentaba seducir le gusta mucho el tabaco, y yo que soy muy valiente, le pedí un pitillo. Cuando llevábamos veinte minutos de conversación, ella saco otro cigarro y me lo ofreció. Accedí gustosamente a reventar mis pulmones. La escena se repitió al cabo de dos horas, pero ahí entré en una crisis nerviosa. Nada más rozar el filtro del cigarro de Marlboro con mis labios, supe que iba por el tercer cigarro y eché a correr por toda la calle. La gente mirándome como si estuviera loco. Joder, yo solo quería salir de aquella situación y las siete copas no ayudaban tampoco. A los tres minutos la atractiva mujer me vio aparecer con dos cigarros encendidos metidos en mi boca.

Con todas estas experiencias vividas no me queda otra que apechugar y olvidarme de los psicólogos. No hay tratamiento posible ni cura, ni siquiera las dos ostias que me dio mi abuelo en el culo. Así que te pido, que si vas a dejarme un comentario, intenta ser el segundo o no comentar para ser el tercero.

 

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Un comentario sobre «Tengo TOC, y me alegro»

  1. Intentaré no cruzarme contigo por la calle o tendré que amputar uno de mis dedos el pie aunque el inicio pudiese gustarte el final es es número innombrable que resuena por tu mente de un modo obsesivo y a la par peculiar. Aunque he de reconocer que no soy de tríos. 😉
    Sin duda un excelente relato, me encanta recibir notificaciones tuyas en mi móvil y ese ansia por leerte para saber de qué se tratará esta vez.

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