Un tiro en la nuca o tener palabra

Texto breve reflexivo sobre las personas que no tiene palabra pero se estrechan la macho.

Cogidos de la mano acaban de pasar cada uno de los contratos que firmaste. Yo también. La letra pequeña no vale de nada si uno de los impostores no saben traducirla. Solo la sonrisa del que siente de verdad que ha tenido un detalle prevalecerá. Lo demás es puro cuento, para sacar un mechero y prenderles fuego. Hace años existía la palabra y ahora ya no vale ni el derecho a estrechar la mano y ver que el hueco que hay entre los dedos pulgar e índice se solapan. Mano con mano, boca con boca, mano con falo, lengua con cuello… gemido con “—Si, me he corrido”. Quien no tiene palabra es una cucaracha, dijo Al Pacino en Scarface. Cierra los ojos unos segundos, quiero que antes de salir de casa tengas el bolígrafo a mano, no sea que abriendo la puerta y con los ojos apuntando al horizonte te encuentres a dos tipos, uno arrodillado con la cabeza rozando la cuneta y el otro con un revólver a punto de abrírsela en canal.

—¿Firmas, o quieres escuchar Stairway to heaven de Led Zeppelin por última vez? Tengo Spotify Premium.

—Espera, doy mi palabra.

—Hoy en día eso ya no vale triste ignorante.

—Espera, espera.

El ataúd se abre y el féretro se encuentra todavía tiritando, con una mano metida en el bolsillo y con una piedra de color amarillo en la otra. Le dio tiempo a sacarla antes de que lo mataran. En ella había tres letras: “te quiero papá”. Antes de follar a pelo firmó con semen en la espalda de su esposa que a la criatura la iba a querer de por vida. Pasara lo que pasara. El niño siguió sus consejos y pintó aquel fósil sentimental. Digiere esto con un café y a continuación dile al camarero:

—¿Puedo pagártelo después? Te doy mi palabra que a las 14:47 vuelvo y lo abono.

Quien sabe, a lo mejor se chupan las pollas mutuamente, y ante la respuesta del NO, viene el arrebato del zorro descolado e intenta humillar al cafetero:

—Ayer dejé anotado el número de teléfono y mi nombre en aquella hoja que luce en vertical, para la porra del partido del sábado. ¿Te acuerdas? —dice el cliente.

—Si, ¿y qué? —contesta la soberbia en persona.

—No me hiciste firmar ninguna hoja para la ley de protección de datos. Qué vale más, ¿un euro con veinte céntimos o 600 euros de multa? —recrimina don pagador astuto.

—Está bien, a las tres nos vemos, pero antes de salir por la puerta acuérdate de coger el último regalo que tu hijo te hizo por el día del padre.

—¿Quéééééé? —balbucea el cliente.

Y ese “¿qué?” se habrá grabado de por vida en más de algún hipotálamo, deseando que todo vaya bien y que nunca tengamos que escucharlo jamás, ni en la última película de Tarantino.

Repitamos todos juntos: —Abusaré de tener palabra.

La madre del chico que se encuentra limpiando los zapatos de tacón en el funeral de su esposo, saca el teléfono móvil porque quiere revisar los contratos que hizo al registrarse en los servicios web y aplicaciones. Pero ya no vale de nada porque sabía que no iba a entender aquellos “términos y condiciones”. Y con aquel auto convencimiento del “—total, no me pueden quitar dinero de la cuenta corriente”, ella vio venir en línea recta al conductor del coche fúnebre, que sacando una hoja diminuta se acercó sin titubear y la dejó caer sobre el cristal, tapando la parte superior de la cara del difunto como si aún le quedaran fuerzas para abrir medio ojo y observar el trato que iban a verbalizar.

—Puede pagármelo en efectivo, con tarjeta… ya sabe, lo que firmó en el presupuesto.

—¿Ese silencio son tres puntos suspensivos hijo de perra? —pregunta la mujer mientras con las uñas de un cuarto de centímetro penetran en el escroto del macho.

—Sí. —responde acojonado el hombre de americana negra.

—Te faltan huevos para follarme la boca. —prosigue ella sin morderse los labios— hazme un favor y saca el boli Bic del bolsillo de la camisa, llevas una mancha de tinta roja, lo digo porque no sea que tu jefe lo vea y piense que tu corazoncito ha eyaculado.

Y todos felices en la cena recordaron con los móviles encima de la mesa que a partir ahora tendríamos más palabra y menos capturas de pantalla, que firmarían menos contratos y ese tiempo lo dedicarían a leer libros y manuales, en definitiva a saber interpretar por si las cosas se ponen feas. A mirar los ojos y a ser puntuales. El abuelo intentándose arrancarse los dos dientes de oro por si hubiera que pagar un abogado, los dos primos hermanos de 17 años excitándose por debajo de la mesa sin llegar a ser valientes, la niña pintando dos piedras.

—Toma mamá.

La madre observa sorprendida y deja caer un hilo de voz muy fino.

—Gracias hija.

Las yemas de los dedos hacen círculos en cada una de las dos piedras, haciendo hincapié en la que hay escrito: “prometes serle fiel, en la alegría y en la enfermedad…”

Nos han hecho creer que la palabra ya no vale, ni aquel beso de verdad entrelazado ni el de cuarto menguante; tampoco la certeza de que alguien pisó la luna. Hubo que corroborarlo con fotografías, siendo contraproducente para el tonto de turno que dudó porque la bandera se movía, y fue cierto, la brisa llegaba de la inercia que una bala machacó el cráneo de un pobre hombre, que no pudo pagar a sus empleados porque a él no le pagaban los clientes (juró que céntimo a céntimo abonaría todo), y solo le quedaba la ilusión de que le tocaran cien tristes euros, en una miserable porra, para pagar el Spotify Premium o los rotuladores permanentes que su hijo esperaba cada semana para seguir dibujando más “te quiero papá” por el día del padre. Antes había palabra por dar la palabra. Valientes carroñeros los que perdieron la conciencia y la palabra. Que Dios os bendiga y os conserve las alas para sobrevolar los basureros en busca de ataúdes. Ojalá caigáis todos en uno adentro, que ya se encargará el niño convertido en hombre de subir al monte de venus y hacer crujir las putas cabezas a pedradas, sobre todo con aquellas que nunca le pudo regalar a su padre. Si no tenéis corazón, él tendrá palabra.

nadie se cree que un ser humano pisó la luna.

Recomendado

Deja un Comentario