Síndrome de estocolmo en tu jodida boca

Poema sobre besos. Mejores poemas de besos entre enamorados, parejas y amantes. Besos largos.

Entre mi outlet hecho deseo,

aparecen tus piernas haciendo victoria,

conviertes el sudor en un cepo,

que enviste el balano de forma aleatoria,

¿y yo que?,

¿y tú ahí?,

la lava de esa boca es placebo,

una trituradora de escoria,

una fábrica de matar miedos,

dos orgasmos montados en noria,

¿y yo así?,

¿tú a mi?

PRIMER BESO: Reconocerlo.

Mi lengua parece un suicida que va rozando la parte más sensible de tu labio superior. Por la izquierda. Cada vez que averiguo el perímetro de esa carne, la transparencia líquida actúa como un pulsador de paro. Tocas a la puerta y la máquina de huesos termina clonando unos dedos hambrientos, que esperan sus correspondientes comederos con forma de dolmen. Los dos olemos la humedad del aire. No hay separación posible que pueda frenar la estrangulación del éxtasis a chorros. Todo inmediato.

¿Y con qué?,

¿y porqué?,

Hagamos señales de placer transitorias,

seamos indígenas a horcajadas del ritual,

o primitivos cachondos sin prehistoria,

bajo el reloj viscoso que suena impuntual.

SEGUNDO BESO: Bendita cualquier boca.

Cierra los ojos y acuérdate del papel de lija convertido en carne, raspando el veinte por cien del perímetro otra lengua. De la que quieras. ¿Eso te consuela? Adelante. Prueba a pasar la punta de un dedo por las esquinas de tu boca, y a lo mejor descubres el recoveco imprescindible para acuchillar el punto G labial. No hay método anticonceptivo para frenar unos labios que esperen a merced de tu dominio. ¿Eso te suena?

De tornillo hasta que supure,

girando la lengua con nervio,

quitando el rubín sin Durex,

con alma de provocar alivio,

brindando con saliva dulce.

TERCER BESO: Fóllame los labios.

Con los dedos pulgar a índice convierto mi mano en una mordaza eficaz, apretando ligeramente el nervio de tu barbilla para que la cabeza no pueda escapar de la serpiente. Picos, franceses, inclinados, o mordiendo la parte superior del labio. Sientes como la humedad va helando tu lengua, de exterior a interior, sin que nada pueda detenerlo. Recorro la lengua como aquel arquero que le importaba poco atinar. La reina pedirá mi cabeza pero hasta entonces habré lamido su libido. Sabe a gloria. Escucho sus tiernos gemidos cuando el eco los trae de vuelta. Putos inconscientes ellos, porque van a morir ahogados dentro de este mar que me atiza. Soy cordero degollado y tú perversión en sueños. Aprieto los labios y cada dos milésimas de segundos succiono. No me da tiempo a mirarte a los ojos. No te necesito. Necesito tu boca, una ahora y la que escondes en otras mujeres. Ya me encargaré de besar a todas hasta que encuentre a la que se parecía a ti.

TERCER BESO PARTE II: Agoniza mi leve sonrisa.

Ladeo la cabeza pero no voy a permitir que tu hocico me atrape. Succiono tu lengua y se avecina una erección prematura, sin tiempo para el descanso. Beso todo lo fuerte que puedo porque la ropa hace rato que no vale ni para trapo. Nos desplazamos el uno del otro. Nos apartamos más bien. La luz se multiplica dibujada en los rastros del líquido transparente: restos de ibuprofeno, cortisona, almax, colirio y otras mierdas. Tu boca es el ring y nuestra desesperación un árbitro que mira para otro lado. Hace lo que puede, o quiere.

Me sabes a licor de estar vivo,

a caramelo bañado entre tus piernas,

a contradicción si no es contigo,

a cerdo en busca de luna llena,

tu lengua azotándome como castigo,

como loba y alumna de otras perras,

como reencarnación que siembra el pánico.

CUARTO BESO: Si espero más, lo leeré enfrente de un espejo.

 

 

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2 comentarios sobre «Síndrome de estocolmo en tu jodida boca»

  1. Sencillamente brutal, sin duda siempre tienes esa magia para mantener al espectador en ascuas al leer tus relato a pesar de que estés detallando el momento exacto.
    Besar es un arte no acto para todos los públicos, cuando no se le da el valor que corresponde a cada lenguetazo.

    1. Hugo (Escribo a Balazos)

      Lo que es brutal, es el cariño que te coge cualquier escritor (no me pertenece esa etiqueta) porque levantas cualquier lapicero y nos haces sentir que volamos.

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