Dentro de un maletero

historias cortas de misterio, intriga y suspense. Los cuervos y la chica.

Sofía tenía las manos aferradas al volante con los nudillos mirando hacia la luna delantera. No se pudo saber cuál era el ángulo de separación entre sus dos manos. Ella estaba sentada en el coche. Desde su posición observaba todo lo que ocurría por el espejo retrovisor, cuya visión solo era del 75 % debido al polvo incrustado. De fondo sonaba una música psicodélica que no paraba de reproducirse. Quizá antes de llegar hasta aquella pronunciada cuesta le había dado al botón de bucle. Su pie izquierdo continuaba pisando el embrague y el humo del motor entraba por la ventanilla derecha de una forma demasiado rápida, y digo demasiado porque a ese ritmo en pocos minutos acabaría muriendo dulcemente.

— Apague el vehículo inmediatamente y salga del coche con las manos en alto; repito, salga con las manos en alto. —dijo el policía.

La mujer deslizó la mano izquierda y apuntando con las uñas puntiagudas hacia la ventanilla izquierda, fue sacando la mano poco a poco hasta el cristal a la altura de la muñeca.

— ¿Cómo sé que no me vais a disparar? —dijo ella.

—Señora, no dispararemos mientras nos asegure que no lleva ningún arma y que está dispuesta a colaborar.

—De acuerdo, pero primero dejadme que me arregle el pelo. —continuó ella.

Los ojos de los allí presentes se mantenían inmóviles. Más de cuatro policías nacionales y unos veinte ciudadanos de a pie se situaban a casi diez metros del coche. Algunos de ellos estaban asomados en sus balcones y otros sentados desde la puerta de casa, observando como el cuarteto de revólveres no paraba de apuntar a la mano de la chica.

—Bien. Dejaremos que te pongas guapa. —soltó el policía más joven.

—Ok. Voy a hacerme una coleta y salgo. —volvió a contestar Sofía.

Transcurridos dos segundos después de la réplica de ella, sonó un “clack” metálico y de la guantera sacó una goma negra para el pelo. Desde la visión de los agentes solo podían observar como las manos se movían al son de la música, que seguía su curso a 85 decibelios. Los dedos se entrelazaban y una coleta se dibujaba entre el humo blanquecino que envolvía el coche. Días más tardes, y según fueron narrando los hechos, algunos dijeron que con las manos bailó flamenco.

La mujer después de forcejear con la coleta del pelo volvió a sacar la mano por la ventanilla y gritó:

—Os aseguro que huele muy mal.

— ¿Qué es lo que huele mal, señorita? —preguntó el agente.

—Lo que llevo dentro del maletero. —respondió la morena.

Los dedos índices de las manos de los policías se sincronizaron y apretaron una décima contra el suave gatillo de la nueve milímetros, esperando el siguiente movimiento de la mujer de mediana edad.

—No vamos a repetirlo más veces, o sales del coche o tendremos que abrir fuego. —dijo el joven poli.

—Pero primero prometerme que no os vais a llevar inguno. —dijo Sofía.

— ¿Llevarnos? ¿Qué es lo que llevas dentro del coche? —le replicó él.

—Antes de salir del coche prometerme que me va a pasar nada hijos de puta. —volvió a contestar ella retorciendo el tono de voz.

— ¿Cómo te llamas? —preguntó el agente.

—Sofía, la misma perra que se va a arrancar la coleta y que después la usará para afeitaros el puto bigote. —soltó la dama.

Los cuatro jinetes azulados se miraron mutuamente y sin llegar a entender nada decidieron afirmar con seguridad que aquello que había dentro del maletero lo dejarían intacto.

—Está bien Sofía, no tocaremos lo que llevas dentro del coche, pero tienes que abrir la puerta y salir lentamente con las manos en alto.

Sin dejar al policía que terminase de decir la frase, con los dedos metidos en la manivela hizo palanca y la puerta se abrió.  Milésimas más tarde el motor dejó de sonar y la llave fue expulsada del contacto. Su pie izquierdo apoyó el suelo y un rostro atractivo apareció de la nada que observaba sin temor a todos los que custodiaban la escena. Su cuerpo se encontraba moviéndose pero la columna permanecía completamente recta, como si aquello fuese la señal perfecta para decirles a todos que no tenía miedo a nada. El pie derecho continuo la marcha de su pareja y las caderas de Sofía se pararon. Con el codo empujó y el sonido de la puerta quedó al descubierto.

—Muy bien Sofía, ahora date la vuelta para que veamos que no tienes ningún utensilio con el que puedas poner en peligro a las demás personas. —dijo Mikel, el policía.

—De acuerdo. —contestó ella.

Lentamente y como si de una bailarina de salón se tratara, se fue dando la vuelta sobre si misma haciendo el movimiento de rotación de la tierra. Las manos se mantenían mirando hacia el suelo con los brazos completamente relajados y poco a poco pudo verse un amuleto con mucho pelo en el pecho. Un gran amuleto de unos veinte centímetros.

—Pero… ¿qué coño es eso? —preguntaron casi a la vez alguno de las personas allí presentes.

La mujer llevaba plumas negras pegadas en todo el cuerpo, sin más ropa que unas bragas y un sujetador. Sofía seguía en aquella posición y sin pestañear, mirando de uno a uno a la totalidad de las almas que le miraban a ella.

—Ya estoy aquí cabrones. Ahora o me decís por qué cojones me estáis apuntando con una pistola o me veré obligada a abrir el maletero y que ellos hagan el trabajo sucio. ¿Es lo que queréis malditos desgraciados? —dijo ella.

El joven policía no se lo pensó dos veces y quiso rematar la faena conjunta. En voz alta y sin titubear les dijo a sus compañeros:

—Dejaremos que Sofía abra el maletero muy lentamente. En el momento haga un gesto más rápido de lo normal, disparad. Si veis que en el interior hay algo que sea peligroso disparad. Creo que ha quedado claro, ¿verdad? —dijo él.

—Sí señor. —contestaron sus compañeros.

Asintiendo con la cabeza Mikel le dio la orden a la mujer y esta procedió con mucho gusto. El brazo se inclinó unos 25 grados aproximadamente y con el dedo pulgar accionó el interruptor. Sin ayuda de la otra mano, levantó completamente el otro de chapa hasta que hizo tope con la parte superior. Un olor putrefacto empezó a salir del coche. Todas las personas tuvieron que meter sus narices debajo del cuello de la camiseta. Más de 50 cuervos muertos estaban colgados uno detrás de otro dentro del maletero. Las patas arriba y la cabeza abajo. Cincuenta putos cuervos putrefactos de los que solo se podía ver claramente el pico de estos.

—Dios mío. —dijo en alto uno de los guardias.

— ¿Ya tenéis lo que queríais no? Ahora supongo que puedo largarme a tomar por el culo y vosotros a comisaría a seguir calentando las sillas, que hoy es fin de semana. Voy a bajar despacito otra vez el maletero que veo que sois de morro demasiado fino, no sea que a alguien le dé por vomitar y se quede sin cenar. ¿Verdad chicos? —Continuó la fémina de cuatro ovarios y medio —por esto no podéis detenerme ni siquiera multarme. Estoy en pleno derecho de llevar en el maletero animales muertos, ya que los transporto para una causa común. —explicó Sofía.

— ¿Y por qué los llevas ahí? —preguntó el policía.

—Mi padre falleció en un campo a casi veinte kilómetros del pueblo. Él criaba cuervos domésticos por hobbie. Después de la autopsia el forense dijo que murió por causas desconocidas.  Al comunicarnos la noticia pregunté a mis familiares cómo lo habían encontrado y ellos me dijeron que unos cuervos estuvieron sobrevolando el cuerpo pero sin llegar a tocarlo. Quiero creer que de alguna forma estos pájaros supieron que mi padre los trataba bien, y que ellos hicieron su propio ritual para despedirse de él.

— ¿Y desde entonces guardas los cuervos? —preguntó un policía.

—Jajajajajajajajajajajajaja. No. Mi madre cree que por algún motivo estos animales transmiten alguna enfermedad a los humanos. Estoy segura que mi padre murió por eso. Yo le prometí a ella acabar con todos los cuervos del pueblo, pero para ello necesitaba atraerlos de alguna manera, y la única que se me ocurría era con el olor a muerto de su misma especie. Hace muchos años hay documentos que prueban que estos carroñeros son los únicos que sienten la pérdida de los suyos y realizan una pequeña despedida. Ahora mismo me iba a ver si mataba los pocos que quedan.

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