Visita al Luthier

Micro historia de suspense en el que un guitarrista lleva una guitarra mientas su mujer está muerta.

La digitación de John era bastante eficaz. Un tipo muy metódico. Salía de trabajar a las seis de la tarde y al llegar a casa siempre aprovechaba para repasar escalas. Se le ponía dura cuando escuchaba el sonido de una guitarra eléctrica. John llevaba media vida acostándose con ella. Le cambiaba las cuerdas cada mes. En su mesita guardaba un juego entero. Seis eran seis. Podréis pensar que una persona meticulosa nunca juntaría en el mismo cajón condones con hilos de acero. Quien sabe, quizá usaba el aceite que emanan…

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Maquiavela memoria en el dentista

Micro historia de suspense entre un hombre y un dentista. Thriller, intriga, misterio.

Ser una persona ordenada siempre fue una tarea pendiente para Valentín, aunque en su desorden afloraba el mismo sistema que la empresa Amazón usa para el empaquetado de sus productos. Desde la cama le bastaba con descolgar el brazo perpendicularmente y tenía a su disposición siempre un cargador de móvil, toallitas para bebé, alguna lata de Coca Cola sin empezar, Ibuprofenos y paquetes de clínex por un tubo. Tal cual. El soltero de 40 años poseía una memoria tan prodigiosa que era capaz de acordarse de cada uno de los…

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Estrangulador del tiempo

Mini historia corta de una conversación entre un abuelo y su nieto hablando del paso del tiempo.

Proliferan los hijos de puta, criados y entrenados bajo talleres sin licencia. Uno de tantos. A diario ingerimos sus textos como si fuera lo único que pueden alegrarnos la existencia. Estos seres adoctrinan consejos que nunca los ponen en práctica. Abro las redes sociales y emanan como plagas en forma de notificaciones, mensajes, etiquetas y publicaciones. Son los reyes del mambo. En todo consejo de oído fácil y de gatillo suelto existe un elemento con vida propia, que condiciona cada texto de mosquito muerto: el tiempo. Da igual en que…

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Una peluquera paciente

Historia corta de una peluquera ligando con un hombre soltero.

Sentado en la silla me convertí en un muñeco de cera, en un maniquí viviente que a día de hoy tampoco le hace ascos a los dedos que se entrelazan en mi pelo. Un número más. Los pies estaban lejos de llegar al suelo pero no me importaba una mierda, porque para mí el placer que voy a describir a continuación nunca podrá compararse al de un orgasmo de diez minutos seguidos. Yo hubiera subido miles de veces a su trono con los ojos vendados. Creerme, se lo que se…

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